Serie:   Apocalipsis   

Autor: Luis de Miguel

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La mujer y el dragón – Apocalipsis 12:1-17

Introducción

La mujer y el dragón – Apocalipsis 12:1-17

Introducción

Después del toque de la séptima trompeta, Juan hace un alto nuevamente en su narrativa para presentarnos a diferentes personajes que van a tener un papel importante en la consumación final de la historia. Se trata de una mujer vestida del sol, un dragón escarlata, un niño varón que está a punto de nacer, una tercera parte de las estrellas del cielo, Miguel y sus ángeles y un gran águila.

Siguiendo el estilo apocalíptico usado en todo el libro, Juan se refiere a estos personajes por medio de numerosos símbolos extraídos del Antiguo Testamento. En algunos casos el propio pasaje nos confirma su identidad, pero en otros tenemos que llegar a nuestras conclusiones estudiando las referencias que la propia Palabra nos proporciona.

«Una mujer vestida del sol»

(Apocalipsis 12:1-2) «Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Y estando encinta, clamaba con dolores de parto, en la angustia del alumbramiento.«

Debemos comenzar preguntándonos quién es esta «mujer vestida del sol». Y para contestar adecuadamente esta pregunta, lo primero que debemos determinar es si se trata de una mujer concreta o si por el contrario utiliza el término «mujer» para referirse a un grupo de personas.

Para decidir esta cuestión debemos observar que en Apocalipsis tenemos otras mujeres que claramente se refieren a una entidad superior. Por ejemplo, en el capítulo 17 nos encontramos con la «gran ramera» que representa un sistema religioso corrupto que persigue a los siervos de Dios. Por otro lado, en el capítulo 19 se nos presenta a la esposa del Cordero, y allí la referencia tiene que ver con la Iglesia de Cristo. Por lo tanto, no es descabellado pensar que la mujer vestida del sol tenga que ver también con un colectivo de personas.

Ahora bien, para poder llegar a determinar a quién se refiere esta mujer, Juan nos ofrece una visión con varios símbolos: el sol, la luna y doce estrellas. Curiosamente, estos mismos elementos los encontramos en el sueño que José, el hijo de Jacob y Raquel, tuvo en los días cuando aún vivía con su familia en Canaan (Gn 37:9-11). En la interpretación que Jacob hizo del sueño, vemos que las once estrellas simbolizaban a los once hermanos de José, y el sol y la luna se referían al mismo Jacob y su esposa. Es decir, el sol es aquí un símbolo del patriarca Jacob, el padre de las doce tribus de Israel. Notemos también que se trataba de un sueño que anticipaba el futuro. En aquel momento Israel todavía no era una nación, sino simplemente un clan familiar que se movía por las tierras de Canaan buscando pastos para sus ganados. Pero el sueño de José anticipaba su entrada en Egipto y la protección milagrosa que Dios tendría con ellos allí por medio del mismo José. Varios siglos después los descendientes de Jacob volverían de Egipto a Canaan, pero no ya como una familia, sino como una nación; la nación de Israel. Por lo tanto, el sueño de José tenía que ver con Israel y también con su formación como nación en medio de las condiciones adversas que más tarde encontró en Egipto.

Ahora, en la visión que Juan tiene en Apocalipsis, nuevamente se nos presenta a Israel en los tiempos postreros, como si de algún modo volviera a resurgir de en medio de las adversidades. Esto concuerda perfectamente con la enfática promesa de Dios con relación a la continua existencia de Israel como nación (Jer 33:20-26) (Jer 46:28) (Am 9:8).

(Jer 31:35-37) «Así ha dicho Jehová, que da el sol para luz del día, las leyes de la luna y de las estrellas para luz de la noche, que parte el mar, y braman sus ondas; Jehová de los ejércitos es su nombre: Si faltaren estas leyes delante de mí, dice Jehová, también la descendencia de Israel faltará para no ser nación delante de mí eternamente. Así ha dicho Jehová: Si los cielos arriba se pueden medir, y explorarse abajo los fundamentos de la tierra, también yo desecharé toda la descendencia de Israel por todo lo que hicieron, dice Jehová.»

Y en cuanto a los símbolos usados en nuestro pasaje de Apocalipsis para describir a la nación de Israel, son también muy sugerentes. Por ejemplo, el hecho de que sea representada como una mujer «vestida del sol», sugiere gloria, resplandor celestial, dignidad y una posición exaltada, detalle este último que viene confirmado por la alusión a «la luna debajo de sus pies».

Israel fue escogido por Dios para ser su pueblo especial, más que todos los demás pueblos de la tierra (Dt 7:6) (Sal 33:12). Y en la visión de Juan son representados como «una corona de doce estrellas». Esto nos recuerda no sólo la gloria de las doce tribus de Israel, sino también el dominio que Dios les ha prometido en el reino venidero.

En su conjunto, toda la visión sugiere gloria y luminosidad, sobre todo si tenemos en cuenta que el sol, la luna y las estrellas son todas las fuentes de luz física que los hombres tenemos.

«Estando en cinta, clamaba con dolores de parto«

En segundo lugar, notamos que esta mujer es presentada como una madre que «estando encinta, clamaba con dolores de parto, en la angustia del alumbramiento». Y unos versículos más adelante se nos dice que «ella dio a luz un hijo varón, que regirá con vara de hierro a todas las naciones» (Ap 12:5). Es importante que notemos que Juan está usando aquí una referencia al Salmo 2 que todos los autores del Nuevo Testamento asociaron con el Señor Jesucristo (Sal 2:7-9) (Hch 13:33) (He 1:5) (He 5:5).

El apóstol Pablo, explicando los enormes privilegios que Dios había dado a la nación de Israel, dice que uno de ellos era que de ella vendría el Cristo:

(Ro 9:4-5) «…Son israelitas, de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas; de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén.«

Por otro lado, la figura de Israel como una mujer encinta no es nueva, ya que la encontramos con frecuencia en el Antiguo Testamento: (Jer 4:31) (Is 66:7-9) (Is 13:8) (Is 21:3) (Os 13:13).

Ahora bien, ¿a qué momento se refiere esta visión?

Una lectura rápida nos llevaría a pensar que tiene que ver con la primera venida del Señor Jesucristo cuando nació en Belén en días del rey Herodes. Y, por supuesto, no faltan detalles para pensar de ese modo. Recordemos, por ejemplo, la ira de Herodes cuando recibió la noticia de que unos magos venidos de oriente estaban preguntando en Jerusalén dónde estaba el rey de los judíos que había nacido. Esto despertó inmediatamente la ira de Herodes, que sintió amenazado su trono, así que, después de hacer ciertas averiguaciones dio la orden de matar a todos los niños de Belén con la intención de acabar así con el Mesías de los judíos que acababa de nacer (Mt 2:1-18). No hay duda de que Herodes se comportó como una auténtica bestia, dando rienda suelta a sus más crueles instintos asesinos. Y en esto coincidiría con la crueldad del gran dragón escarlata que se nos describe a continuación y que de igual manera quería matar al hijo de la mujer nada más que naciera.

Sin embargo, aunque todo esto es correcto, seguramente su significado no se agota aquí, sino que en este contexto tiene que ver mayormente con la Segunda Venida del Señor Jesucristo.

Notemos para empezar que Juan usa aquí una parte del Salmo 2 en la que Dios establecía a su Cristo como el rey soberano de este mundo:

(Sal 2:7-9) «Yo publicaré el decreto; Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú; yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra. Los quebrantarás con vara de hierro; como vasija de alfarero los desmenuzarás

Comentando este salmo en la sinagoga de Antioquía de Pisidia, el apóstol Pablo explicó que se refería a la resurrección y ascensión del Señor a su trono en la gloria (Hch 13:32-33). Desde allí él ha de regresar a este mundo para recibir «por herencia las naciones» y gobernarlas «con vara de hierro». Esto es algo que tendrá lugar en la Segunda Venida del Señor Jesucristo a este mundo.

Otro pasaje relacionado con este texto de Apocalipsis lo encontramos en el profeta Isaías:

(Is 26:17-27:1) «Como la mujer encinta cuando se acerca el alumbramiento gime y da gritos en sus dolores, así hemos sido delante de ti, oh Jehová. Concebimos, tuvimos dolores de parto, dimos a luz viento; ninguna liberación hicimos en la tierra, ni cayeron los moradores del mundo. Tus muertos vivirán; sus cadáveres resucitarán. ¡Despertad y cantad, moradores del polvo! porque tu rocío es cual rocío de hortalizas, y la tierra dará sus muertos. Anda, pueblo mío, entra en tus aposentos, cierra tras ti tus puertas; escóndete un poquito, por un momento, en tanto que pasa la indignación. Porque he aquí que Jehová sale de su lugar para castigar al morador de la tierra por su maldad contra él; y la tierra descubrirá la sangre derramada sobre ella, y no encubrirá ya más a sus muertos. En aquel día Jehová castigará con su espada dura, grande y fuerte al leviatán serpiente veloz, y al leviatán serpiente tortuosa; y matará al dragón que está en el mar

Este pasaje es interesante por la estrecha relación que guarda con el texto de Apocalipsis que estamos considerando. Notamos que Isaías no sólo se refiere a Israel como una mujer encinta, sino que como en Apocalipsis, nos la presenta también en el mismo momento de dar a luz. De manera muy vívida nos describe sus gemidos y gritos cuando le vienen los dolores de parto. Sin embargo, todo eso no sirvió de nada, y con sentida tristeza, el profeta concluye: «dimos a luz viento; ninguna liberación hicimos en la tierra». Estos dolores tenían que ver con el castigo de Dios por la reiterada infidelidad de su pueblo (Is 26:16). En el contexto se relacionan con el cautiverio de Israel en Babilonia, desde donde el resto fiel clamaba a Dios pidiendo su restauración. Entonces Dios les contesta diciendo que sus «muertos vivirán; sus cadáveres resucitarán», en alusión a su restauración como nación después de un tiempo de cautiverio. Pero antes de que «dieran a luz», sería necesario que previamente Babilonia fuera juzgada por Dios, tal como el mismo Isaías anuncia: «Porque he aquí que Jehová sale de su lugar para castigar al morador de la tierra por su maldad contra él». Pero no sólo Babilonia sería castigada; Dios también «matará al dragón que está en el mar». Esta última referencia nos recuerda al dragón que Juan vio en Apocalipsis persiguiendo a la mujer y a su hijo.

Por lo tanto, vemos que desde la antigüedad Dios había prometido a su pueblo Israel que aunque castigaría su pecado, nunca se olvidaría de ellos, y volvería a tratar con ellos como nación al final de los tiempos, liberándoles de sus enemigos, entre los que se incluían poderosas naciones y el mismo Satanás.

Estas mismas ideas fueron explicadas en términos similares por el profeta Miqueas. Él también habló del futuro reinado universal del Mesías en el monte de Sion:

(Mi 4:1-2) «Acontecerá en los postreros tiempos que el monte de la casa de Jehová será establecido por cabecera de montes, y más alto que los collados, y correrán a él los pueblos. Vendrán muchas naciones, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, y a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará en sus caminos, y andaremos por sus veredas; porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová

Pero una vez más, antes de que Israel pudiera disfrutar de esta promesa, sería necesario que ellos mismos fueran juzgados y redimidos de Babilonia:

(Mi 4:9-10) «Ahora, ¿por qué gritas tanto? ¿No hay rey en ti? ¿Pereció tu consejero, que te ha tomado dolor como de mujer de parto? Duélete y gime, hija de Sion, como mujer que está de parto; porque ahora saldrás de la ciudad y morarás en el campo, y llegarás hasta Babilonia; allí serás librada, allí te redimirá Jehová de la mano de tus enemigos

Y aunque Israel regresó de su cautiverio en Babilonia, no hay duda de que todavía no se ha cumplido plenamente lo que los profetas anunciaron acerca del reinado universal del Mesías en Jerusalén. Por lo tanto, no es de extrañar que nos volvamos a encontrar con estas promesas en el libro de Apocalipsis. Así pues, en este contexto debemos entender los «dolores de parto» y «la angustia del alumbramiento» en relación al resurgimiento o «resurrección» de Israel al final de los tiempos; un período que los profetas describieron como de «gran tribulación y angustia» (Jer 30:7) (Dn 12:1); y en el que se encuadra también el anuncio de la Segunda Venida del Mesías. Como ya sabemos, parte de todo esto se está cumpliendo en nuestros días desde que en 1948 Israel volvió a ser reconocida internacionalmente como nación y regresaron a su tierra, pero aún falta su «resurrección» espiritual cuando reconozcan al Señor Jesucristo como su Mesías.

«Un gran dragón escarlata»

(Ap 12:3-4) «También apareció otra señal en el cielo: he aquí un gran dragón escarlata, que tenía siete cabezas y diez cuernos, y en sus cabezas siete diademas; y su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo, y las arrojó sobre la tierra. Y el dragón se paró frente a la mujer que estaba para dar a luz, a fin de devorar a su hijo tan pronto como naciese.«

Juan vio una segunda señal en el cielo que introdujo a un nuevo personaje en la escena: «Un gran dragón escarlata». En este caso, la identificación es sencilla porque nos es facilitada por el mismo texto: «El gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás» (Ap 12:9) (Ap 20:2).

A su vez, también debemos asociar a este gran dragón con la bestia que vio el profeta Daniel en su visión profética, y que tenía que ver con el cuarto rey o reino que se levantará en la tierra en los últimos tiempos, y que será diferente de todos los anteriores y espantoso en gran manera:

(Dn 7:7) «Después de esto miraba yo en las visiones de la noche, y he aquí la cuarta bestia, espantosa y terrible y en gran manera fuerte, la cual tenía unos dientes grandes de hierro; devoraba y desmenuzaba, y las sobras hollaba con sus pies, y era muy diferente de todas las bestias que vi antes de ella, y tenía diez cuernos.«

En ambos casos, tanto en Daniel como en Apocalipsis, esta bestia se caracteriza por ser el enemigo mortal de la mujer, que como ya hemos señalado anteriormente, se refiere a la nación de Israel. Y notemos que una vez más será por la intervención directa del Señor que los santos recibirán el reino:

(Dn 7:21-22) «Y veía yo que este cuerno hacía guerra contra los santos, y los vencía, hasta que vino el Anciano de días, y se dio el juicio a los santos del Altísimo; y llegó el tiempo, y los santos recibieron el reino.«

Por otro lado, el hecho de que Satanás sea descrito como una bestia terrible o como un gran dragón espantoso, tiene la clara finalidad de presentarlo en clara oposición con el «Cordero que fue inmolado» (Ap 5:6). El Señor Jesucristo y Satanás son radicalmente distintos, no hay en ellos ningún parecido posible, del mismo modo que tampoco lo hay entre un cordero y un dragón.

Ahora bien, Satanás no siempre fue un dragón espantoso o una serpiente que se arrastraba por la tierra; hubo un tiempo en que él fue descrito como «Lucero, hijo de la mañana» (Is 14:12-14); «el sello de la perfección, lleno de sabiduría, y acabado de hermosura» (Ez 28:12); «querubín grande, protector» (Ez 28:14). Sólo después de su caída y rebelión su belleza suprema fue desfigurada hasta el extremo de lo grotesco. Pero aun así, sigue conservando mucho de su poder.

En todo caso, Satanás será finalmente desenmascarado y todo el mundo acabará viendo su verdadero carácter. Ya no podrá seguir «disfrazándose como ángel de luz» (2 Co 11:14). Aunque lo más trágico de todo esto será que aun sabiendo cómo es en realidad, los moradores de la tierra le rendirán culto.

En cuanto a la descripción que Juan hace de él, notamos en primer lugar que es un dragón «escarlata», es decir, rojo fuego, como el color de la sangre. Al fin y al cabo, es un ser sediento de sangre, que desea eliminar al «hijo varón de la mujer» y más adelante a los descendientes de la mujer. En esto es idéntico a la gran ramera, que también aparece vestida de escarlata y ebria de la sangre de los santos y de los mártires de Jesús (Ap 17:4-6).

También se nos dice que «tenía siete cabezas y diez cuernos», lo que sugiere tanto inteligencia como poder. Además, la presencia de los diez cuernos nos permite asociarla con la terrible bestia que vio el profeta Daniel (Dn 7:7), y con la bestia que surgirá del mar un poco más adelante (Ap 13:1). «Y en sus cabezas siete diademas», como símbolo de su autoridad.

Otro detalle interesante es que el dragón no viene solo, sino que con «su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo, y las arrojó sobre la tierra». La cita se corresponde con lo anunciado por el profeta Daniel (Dn 8:10). Ahora bien, aquí tenemos un ejemplo de cómo un mismo elemento puede simbolizar distintas cosas. Recordamos que al comenzar este capítulo vimos que las «doce estrellas» simbolizaban a las doce tribus de Israel, mientras que ahora debe tener necesariamente un significado diferente.

Para interpretarlo correctamente debemos observar lo que el propio texto nos dice. Vemos que en (Ap 12:7) «Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles». Por lo tanto, parece razonable asociar «la tercera parte de las estrellas del cielo» con este ejército que acompaña al dragón en la batalla contra Miguel y sus ángeles.

Quizá se trate, por lo tanto, de los ángeles que cayeron junto con Satanás cuando éste se rebeló contra Dios, aunque no sabemos si la cifra se refiere a la totalidad de los ángeles caídos (Jud 1:6) (2 P 2:4).

Ahora lo que vemos es que estas huestes celestiales son arrastradas por el dragón a la tierra. Un poco más adelante veremos que es Dios quien los arroja del cielo a la tierra (Ap 12:9). Ambas cosas son ciertas, aunque quizá el énfasis que encontramos ahora está puesto en la seducción maligna del dragón que esclaviza a los ángeles caídos para que le sigan en su destino. Su nuevo destino en la tierra implica su degradación y la pérdida de su carácter celestial.

En todo caso, aunque desde la entrada del pecado en el huerto del Edén la tierra ha sido un escenario importante de la actividad diabólica, con la llegada de este ejército de ángeles caídos, su actividad se verá incrementada notablemente.

Ahora nos encontramos que este poderoso y malvado ser tiene como principal objetivo en esta tierra acabar con el hijo de la mujer: «Y el dragón se paró frente a la mujer que estaba para dar a luz, a fin de devorar a su hijo tan pronto como naciese». El objetivo de la furia satánica es el Mesías de Dios, pues sabe que es él quien ha sido designado para recuperar el dominio universal usurpado por el maligno. Recordemos nuevamente el pacto de Dios con Abraham: «En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra» (Gn 22:18). O el pacto que Dios hizo con David: «Y cuando tus días sean cumplidos, y duermas con tus padres, yo levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré su reino. El edificará casa a mi nombre, y yo afirmaré para siempre el trono de su reino» (2 S 7:12-13).

Toda la historia bíblica nos ha dejado testimonio de los múltiples esfuerzos de Satanás por terminar con la nación judía y en especial con la descendencia del rey David. Pensemos, por ejemplo, en el malvado plan de Amán para destruir a todos los judíos en los día de Asuero rey de Persia y de Media, y que encontramos en el libro de Ester. Y antes de él, Faraón rey de Egipto también trató sin éxito de terminar con la descendencia de Israel por medio de las parteras egipcias (Ex 1:15-16). Y aquí, el dragón actúa personalmente como una partera esperando para destruir al niño en el mismo momento en que nazca. Otro buen ejemplo de esta misma actitud lo vemos en Herodes y su furia asesina por matar al rey de los judíos que había nacido (Mt 2:1-16).

Con todo esto Satanás estaba tratando de impedir el nacimiento anunciado del descendiente de Eva que aplastaría la cabeza de la serpiente (Gn 3:14-15). De aquí proviene la enemistad entre Satanás y el descendiente prometido a Eva, que no sería otro que el Señor Jesucristo, el Mesías de Dios.

El Hijo varón de la mujer

(Ap 12:5) «Y ella dio a luz un hijo varón, que regirá con vara de hierro a todas las naciones; y su hijo fue arrebatado para Dios y para su trono

Finalmente el niño nació a pesar de los implacables esfuerzos de Satanás para impedirlo. Israel «dio a luz» al Mesías, descendiente de Abraham y de David (Mt 1:1). Aunque el profeta Isaías describió a este «niño» con claros atributos divinos:

(Is 9:6) «Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.»

Ahora bien, como ya hemos comentado anteriormente, parece que el cumplimiento definitivo de este anuncio no se completó en la primera venida del Mesías, sino en la segunda. Como vemos en este pasaje, el énfasis está puesto en «un hijo varón que regirá con vara de hierro a todas las naciones». En esta ocasión no vendrá a morir por los pecadores, sino a reinar sobre ellos. Y más adelante en Apocalipsis veremos la misma expresión justo en el momento en que el Señor regresa a este mundo victorioso para reinar:

(Ap 19:15) «De su boca sale una espada aguda, para herir con ella a las naciones, y él las regirá con vara de hierro; y él pisa el lagar del vino del furor y de la ira del Dios Todopoderoso

La cita es tomada del Salmo 2:

(Sal 2:9) «Los quebrantarás con vara de hierro; Como vasija de alfarero los desmenuzarás

Si leemos con atención todo el salmo veremos que en la primera parte los príncipes y reyes de la tierra se levantan unidos contra el Ungido del Señor rechazando su gobierno. Esto tuvo su cumplimiento durante la primera venida del Señor, tal como correctamente interpretaron los apóstoles (Hch 4:24-28). Pero la actitud de los hombres, ni cambia ni puede impedir que los planes de Dios se cumplan, así que el salmista dice: «El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos. Luego hablará a ellos en su furor, y los turbará con su ira. Pero yo he puesto mi rey sobre Sion, mi santo monte» (Sal 2:4-6).

Finalmente Dios gobernará a las naciones, pero lo hará con «vara de hierro», lo que no sólo sugiere firmeza, sino también que será un gobierno impuesto porque las naciones no lo querrán aceptar de buena voluntad.

A pesar de todas las circunstancias adversas con las que Cristo se encontró cuando vino a este mundo, Dios mismo intervino constituyéndole en el Soberano supremo de este mundo y sentándolo juntamente con él en su trono: «Y su hijo fue arrebatado para Dios y para su trono». Esto hace referencia a la exaltación de Cristo a la diestra de la Majestad en las alturas después de su resurrección y ascensión al cielo. Y aunque Juan omite el ministerio terrenal de Cristo así como su muerte en la cruz, no hay que olvidar que la resurrección y ascensión son la respuesta del Padre a esa Obra y su incuestionable aprobación (He 1:3).

Es importante que nos demos cuenta de que el arrebatamiento del Hijo para ser llevado al cielo no tenía el propósito de escaparse de la hostilidad de Satanás, sino que tenía la finalidad de ocupar el puesto que legítimamente le corresponde como Gobernador supremo del universo. Además, dejaría constancia de que Satanás no tiene ninguna capacidad para estorbar el cumplimiento de los propósitos eternos de Dios.

La mujer huye al desierto

(Ap 12:6) «Y la mujer huyó al desierto, donde tiene lugar preparado por Dios, para que allí la sustenten por mil doscientos sesenta días.«

El versículo anterior hacía referencia a la ascensión del Señor Jesucristo al cielo, un hecho histórico que tuvo lugar hace casi dos mil años. Ahora Juan es trasladado al futuro, en donde ve nuevamente a la nación de Israel bajo la figura de una mujer huyendo al desierto. Es evidente que ante el fracaso del dragón para destruir al hijo varón de la mujer, ahora va a intentar acabar con ella, sabiendo que Dios todavía tiene importantes planes para ella en el futuro.

El período de tiempo que hay entre la ascensión del Señor y los hechos a los que se refiere este versículo, se relaciona estrechamente con el intervalo entre las semanas 69 y 70 de las que habló el profeta Daniel cuando anunció el futuro del pueblo de Israel (Dn 9:20-27). Este extenso período que ya casi abarca dos mil años ha estado caracterizado por el rechazo de Israel a su Mesías, lo que dio lugar a la formación de la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios de carácter fundamentalmente gentil. Pero eso no quiere decir que Dios ha olvidado las promesas que durante todo el Antiguo Testamento había hecho a Israel por medio de sus profetas, anunciando un tiempo final de restauración y bendición. El mismo apóstol Pablo habló de ello, reconociendo por un lado la incredulidad de Israel, pero volviéndose a hacer eco de lo dicho por los profetas de la antigüedad:

(Ro 11:25-27) «Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; y luego todo Israel será salvo, como está escrito: Vendrá de Sion el Libertador, que apartará de Jacob la impiedad. Y este será mi pacto con ellos, cuando yo quite sus pecados

Notemos que el apóstol afirma que habrá un tiempo en que Israel será salvo y sus pecados perdonados, pero esto no ocurrirá hasta que «haya entrado la plenitud de los gentiles». Y en el contexto de la carta a los Romanos vemos con claridad que «la plenitud de los gentiles» tiene que ver con el período de la iglesia de mayoría gentil. Pero después de esto Israel volverá a tomar el protagonismo nuevamente en los planes de Dios, coincidiendo con el regreso a Sion del «Libertador», quien perdonará sus pecados. Y claro está que éste no puede ser otro que el Señor Jesucristo. Por lo tanto, es a ese período final de la historia al que se refiere aquí el autor de Apocalipsis.

Ahora bien, el profeta Daniel anunció que esa última semana de años, es decir, los últimos siete años, serían divididos en dos período de tres años y medio, o lo que es lo mismo, mil doscientos sesenta días o cuarenta y dos meses (contando meses de 30 días). Al final de la primera mitad aparecerá un ser terrible descrito como «el desolador» que «hará cesar el sacrificio y la ofrenda» y traerá durante los últimos tres años y medio un tiempo de desolación contra Israel (Dn 9:27).

Apocalipsis ya ha hecho referencia anteriormente a un período de tres años y medio (Ap 11:1-3). En esa ocasión vimos que el templo en Jerusalén volvía a estar en pie y que dos testigos de Dios daban testimonio allí durante mis doscientos sesenta días, o lo que es lo mismo, tres años y medio. Pero al acabar ese período, «la bestia que sube del abismo» hace guerra contra ellos y los mata (Ap 11:7). Es seguramente en ese momento cuando comienzan los tres años y medio últimos de gran tribulación que son descritos ahora en nuestro pasaje. Y con esto coinciden otros muchos textos del Antiguo Testamento que revelaban que la nación de Israel enfrentará días muy difíciles antes de ser bendecida por Jehová (Dn 7:23-27) (Jer 30:7-9) (Ez 20:33-38). A esto hay que sumar el propio testimonio del Señor Jesucristo que describió esos días como una «gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá» (Mt 24:21).

Sin embargo, durante todo ese tiempo final de angustia para Israel, Dios mismo seguirá preservando a su pueblo. Veamos lo que dice nuestro texto: «Y la mujer huyó al desierto, donde tiene lugar preparado por Dios».

La alusión al «desierto» traería muchos recuerdos a los israelitas. Por un lado fueron protegidos y guiados por Dios en el desierto durante cuarenta años después de que salieron de Egipto (Dt 2:7) (Dt 29:5). También fue el lugar en donde fueron probados y disciplinados (Dt 8:2). Fue en el desierto donde Juan el Bautista llamó al pueblo de Israel para prepararse ante la inminente llegada de su Mesías (Mt 3:1-3). Pero pensando en el futuro, el desierto sería el lugar en donde Dios les hablaría al corazón y ellos se volverían a él (Os 2:14-20).

Vemos entonces que la resplandeciente mujer que había aparecido en cielo se convierte ahora en una pobre mujer perseguida que huye al desierto. Este cambio tan radical se debe a su incredulidad. Pero Dios nunca la abandona, sino que la mantiene como nación y la disciplina en la esperanza de que vuelva otra vez a sus caminos, algo que finalmente ocurrirá cuando regrese el Señor.

Una gran batalla en el cielo

(Ap 12:7-9) «Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles; pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo. Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él

1. Un conflicto espiritual de dimensiones cósmicas

Mientras lo anterior ocurre en la tierra, ahora se nos dice que «después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles». Una vez más el libro de Apocalipsis nos descorre el velo para que podamos ver que en este mundo hay poderosos seres espirituales que participan en el conflicto espiritual en el que los hombres estamos inmersos.

Y aunque aquí no se nos indica cuál es la causa concreta de esta guerra cósmica, por el contexto podemos deducir que el conflicto entre las potencias angelicales leales a Dios y las que se le oponen tiene que ver con los propósitos de Dios en este mundo de cara al establecimiento de su reino. Y en especial con el pueblo de Israel, porque tal como estamos considerando, los planes futuros de Dios se desarrollarán a través de esta nación, de ahí el interés del dragón por acabar con los judíos. A lo largo de la historia de la humanidad Satanás ha inspirado este mismo pensamiento asesino en muchos líderes. Quizá el ejemplo más reciente lo encontramos en Hitler, quien planteó que la «solución final» era acabar con los judíos. Aunque desgraciadamente no ha sido el único ni el último.

Por otro lado, debemos recordar que hombres y ángeles estamos inmersos en un conflicto contra Dios desde el momento en que la primera pareja humana se unió a la causa de la serpiente en el huerto del Edén, cuando dieron crédito a la ilusión con la que el mismo Satanás se había engañado a sí mismo: «seréis como Dios» (Gn 3:5). Y ahora vemos que también los ángeles leales a Dios toman parte en esta guerra espiritual.

En relación a esto, un detalle interesante tiene que ver con el nombre de «Miguel», el cual significa «quién como Dios», lo que se presenta en clara oposición con las pretensiones de Satanás, quien fue destituido de su gloria por querer ser como Dios. Y seguramente aquí encontramos la clave central del conflicto: ¿Qué lugar ocupa Dios dentro de su creación?

En cuanto a Miguel, aparece también en el profeta Daniel luchando a favor del pueblo de Israel como su príncipe (Dn 10:13,21). Y nuevamente en (Dn 12:1) vuelve aparecer al lado de Israel en los días de la gran tribulación. Así que todo parece encajar.

Por lo tanto, no debemos subestimar los conflictos espirituales que como creyentes tenemos. Estos forman parte de un gran conflicto entre el bien y el mal que va mucho más allá de lo que está ocurriendo en nuestro planeta tierra. Y aunque no sabemos nada acerca de cómo luchan los ángeles ni las estrategias que siguen, sin embargo sí sabemos que los creyentes sólo podemos vencerle por la fe en Jesucristo y con la espada de la Palabra de Dios.

2. Satanás y sus ángeles son lanzados fuera del cielo

Como resultado de la batalla en el cielo, el dragón y sus ángeles «no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo. Y fue lanzado fuera… fue arrojado a la tierra». Notamos que Satanás y su ejercito son derrotados, lo que implica su expulsión del cielo. Se trata lógicamente de un desalojo violento. Y con él se da un nuevo paso en la degradación final de Satanás. Recordemos que la base de su derrota definitiva tuvo lugar cuando nuestro Señor Jesucristo murió en la cruz y resucitó. Justo antes de esto él anunció lo siguiente: «Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera» (Jn 12:31); «el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado» (Jn 16:11). El siguiente paso lo encontramos aquí, cuando Satanás es echado del cielo a la tierra junto con sus ángeles después de la batalla con Miguel y sus ángeles. Más adelante será atado y encerrado en el abismo por mil años (Ap 20:1-3), y finalmente será echado al lago de fuego y azufre donde será su morada eterna (Ap 20:10).

Pero aunque nosotros no entendemos por qué Dios ha permitido a Satanás tener algún tipo de acceso al cielo, es un hecho que siguió siendo así aun después de su caída. Por ejemplo, aparece ante Dios para acusar a Job (Job 1:6), en el libro de Zacarías se presenta ante Dios para acusar (Zac 3:1). Incluso los cristianos de hoy «no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes» (Ef 6:12). Por lo tanto, a lo largo de la presente edad Satanás sigue teniendo acceso al cielo, y continúa usando esta posibilidad para acusar a los creyentes ante Dios (Ap 12:10), aunque ahora tenemos al Señor Jesucristo como nuestro Abogado defensor (He 7:25) (1 Jn 2:1).

En todo caso, en el presente no debemos olvidar que Satanás sigue activo en este mundo, como muy bien nos recuerda el apóstol Pedro:

(1 P 5:8) «Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar.«

Aunque esta situación empeorará sensiblemente cuando Satanás y sus ángeles sean expulsados del cielo a la tierra. Entonces la actividad diabólica en nuestro mundo aumentará de una forma desproporcionada. Quizá por eso la gran tribulación por la que atravesará Israel en los últimos días será tan dura y difícil de soportar (Mt 24:21).

Podemos imaginar el mundo de esos días como un reino completamente satánico, dominado por sus principios. Habrá un desenfreno total de la violencia, el odio, todo tipo de depravaciones sexuales, robos, matanzas, abusos de todo tipo… Las personas podrán comprobar por sí mismas que el pecado no es tan divertido como tantas veces habían pensado.

3. La identificación del dragón

Aunque ya hemos identificado al «gran dragón» con anterioridad, Juan quiere dejar constancia de quién es realmente este siniestro personaje, y lo describe en estos términos: «El gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero».

Hoy en día hay muchos que no creen en la existencia de Satanás y miran con desdén a quienes sí creemos en ella. Pero esto forma parte de su estrategia: si una persona no cree que su enemigo existe y está ahí, difícilmente se podrá defender de él. Y esto es lo que les pasa a todos los que rechazan la existencia del diablo como si fueran mitos de épocas pasadas plagadas de oscurantismo y supersticiones religiosas.

De hecho, cuando escuchamos lo que la Biblia nos dice acerca de él nos damos cuenta de que no se presenta nunca como el ser grotesco ni desagradable que muchos han imaginado, sino que es sutil e inteligente, un enemigo que lleva miles de años de ventaja sobre el hombre y que lo conoce muy bien.

Veamos la descripción que hace aquí Juan de él:

«El gran dragón». Sugiere su grandeza y poder destructivo.

«La serpiente antigua». De este modo es identificada con la serpiente que apareció en el huerto del Edén a nuestros primeros padres (Gn 3:1) (2 Co 11:3). De esta referencia se subraya su sutileza, capacidad de seducción, falsedad, sagacidad y astucia. Y también nos recuerda que su propósito siempre ha sido enemistar al hombre con Dios.

«Se llama diablo». Esta es una palabra tomada del griego que significa calumniador, acusador, difamador. Con este título se describe no sólo lo que es sino lo que hace. Su propósito es acusar a los hombres ante Dios, a Dios ante los hombres, y a los hombres ante otros hombres.

«Satanás». Esta es una palabra hebrea que significa adversario, contrincante, antagonista. Él es el mayor opositor de Dios y de los hombres.

«El cual engaña al mundo entero». El Señor Jesucristo dijo de él que era «mentiroso y padre de mentira» (Jn 8:44). Él seduce con mentiras a los hombres y los conduce a su destrucción. La mentira es su arma más eficaz. Y nuestro texto nos dice que de hecho él ha conseguido engañar al mundo entero. La sociedad entera yace bajo su perversa influencia (1 Jn 5:19). Empezó engañando a Adán y Eva en el huerto del Edén y seguirá haciéndolo hasta el fin de la historia humana (Mt 24:24) (2 Ts 2:7-12) (Ap 20:7-8).

La victoria de los creyentes sobre Satanás

(Ap 12:10-12) «Entonces oí una gran voz en el cielo, que decía: Ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo; porque ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche. Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte. Por lo cual alegraos, cielos, y los que moráis en ellos. ¡Ay de los moradores de la tierra y del mar! porque el diablo ha descendido a vosotros con gran ira, sabiendo que tiene poco tiempo.»

A continuación Juan escucha una gran voz en el cielo, que aunque no se identifica su origen, pronuncia un bello canto de adoración. Lo más probable es que tenga su origen en los santos vestidos de vestiduras blancas que alaban al Señor en el cielo.

El tema tiene que ver con la autoridad de Cristo y su reino: «Ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo». Ha llegado el momento en que el Señor va a reinar sobre todos los reinos de esta tierra tal como habían anunciado los profetas a lo largo de todo el Antiguo Testamento. Pero no sólo va a reinar, también va a manifestar los plenos efectos de la salvación y la victoria que él ha conseguido para aquellos que creen en él.

Por lo tanto, la razón para esta alabanza es doble. En primer lugar los creyentes ven la proximidad de la venida del reino de Dios, algo que queda garantizado por la expulsión de Satanás y sus ángeles del cielo: «porque ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche». Es cierto que no es la derrota final de Satanás, pero su expulsión del cielo indica que ya le queda poco tiempo (Ap 12:12).

Y en segundo lugar, en el cielo se celebra la victoria de los creyentes frente a las acusaciones de Satanás: «Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte». Satanás ha perdido la batalla, pero los creyentes reconocen que esta victoria se la deben al Cordero, quien por medio de su sangre les ha limpiado de todo pecado. De este modo todas las acusaciones de Satanás quedan anuladas. Este es el único fundamento de nuestra victoria sobre el maligno:

(1 Jn 4:4) «Hijitos, vosotros sois de Dios, y los habéis vencido; porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo.«

No hay manera de enfrentar las acusaciones de Satanás y evitar la culpa si no es descansando en la obra de la Cruz y en la sangre del Cordero.

Pero hablando de esta victoria de los creyentes sobre Satanás, este coro celestial añade una segunda razón: «Ellos le han vencido por medio …de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte». Este testimonio tiene que ver con la confesión de su fe en Cristo, la cual les condujo a la muerte. Su testimonio fue perseverante y no se detuvo ni aun ante el martirio, sino que de buena gana pagaron el supremo precio por su lealtad a Cristo. De ninguna manera estaban dispuestos a poner su propia vida por delante de su lealtad a Cristo. Como soldados de Cristo estuvieron dispuestos a perder su propia vida a fin de conseguir la victoria sobre el diablo (Mt 10:38-39) (Mr 8:35) (Jn 12:25).

El creyente sabe cuál es el precio que puede llegar a tener que pagar por ser fiel a Cristo. Y especialmente, cuando el anticristo se manifieste en este mundo, el sacrificio será la norma para todos los que confiesen a Cristo. Aun así, el verdadero creyente no se doblega frente a la persecución o las amenazas. Y no porque tenga poder en él mismo para resistir cualquier tipo de sufrimiento, sino por el poder de Dios que sostiene a los creyentes aun en los momentos más angustiosos.

Y este texto en Apocalipsis nos muestra que aunque las torturas, muertes o los martirios atroces pueden parecer derrotas, aquí se presentan como victorias sobre el enemigo. Y lo son porque demuestran que el diablo es un mentiroso y está equivocado. Recordemos cuando Satanás se presentó ante Dios para decirle que Job le servía sólo por los bienes que le daba. Entonces Dios permitió que Satanás le quitará a Job todas sus posesiones, incluso su propia familia, pero aun así, Job siguió adorando a Dios (Job 1:6-22). Ante este primer fracaso, Satanás volvió a la carga afirmando que Job maldeciría a Dios si le quitaba la salud, pero nuevamente se demostró que estaba equivocado también en esto (Job 2:1-10). El punto de vista de Satanás, y con el que ha engañado a millones de personas, es que no vale la pena servir a Dios, pero tanto Job, como estos mártires que se nos presentan aquí en Apocalipsis, estuvieron dispuestos a sellar con sus propias vidas que no hay nadie más grande que Dios, y que por servirle vale la pena hasta perder la vida. Por lo tanto, su martirio era un acto de adoración que cerraba la boca de Satanás y certificaba su victoria sobre él.

A continuación se hace un anuncio que causa alegría y gozo a unos y dolor y tristeza a otros: «Por lo cual alegraos, cielos, y los que moráis en ellos. ¡Ay de los moradores de la tierra y del mar! porque el diablo ha descendido a vosotros con gran ira, sabiendo que tiene poco tiempo».

En primer lugar, la exhortación a regocijarse está relacionada con el hecho de que Satanás ya no tiene acceso al cielo para seguir acusando a los creyentes. Pero en segundo lugar, estas son malas noticias para los moradores de la tierra. El diablo sabe que tiene poco tiempo y viene a la tierra decidido a derramar su ira y a hacer tanto mal como pueda. En este sentido debemos notar que la expresión «gran ira» tiene la idea de «arder o hervir de ira». Es como si el dragón fuera una olla hirviendo. Se percibe su furia incontrolada porque Dios ha impuesto limitaciones a su libertad de movimiento.

El dragón persigue a la mujer y al resto de su descendencia

(Ap 12:13-17) «Y cuando vio el dragón que había sido arrojado a la tierra, persiguió a la mujer que había dado a luz al hijo varón. Y se le dieron a la mujer las dos alas de la gran águila, para que volase de delante de la serpiente al desierto, a su lugar, donde es sustentada por un tiempo, y tiempos, y la mitad de un tiempo. Y la serpiente arrojó de su boca, tras la mujer, agua como un río, para que fuese arrastrada por el río. Pero la tierra ayudó a la mujer, pues la tierra abrió su boca y tragó el río que el dragón había echado de su boca. Entonces el dragón se llenó de ira contra la mujer; y se fue a hacer guerra contra el resto de la descendencia de ella, los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo.«

Dado que el dragón ya no tiene acceso al hijo varón de la mujer, el principal objetivo de su ira desde ese momento se dirige hacia el pueblo de Israel: «Y cuando vio el dragón que había sido arrojado a la tierra, persiguió a la mujer que había dado a luz al hijo varón».

A través de los siglos los judíos han sufrido más odio y persecución que cualquier otro pueblo. Esto confirma lo que aquí se anuncia. Pero debemos notar que detrás de todo este sufrimiento está Satanás, él es el principal promotor. De algún modo, ya que no puede atacar directamente al hijo de la mujer, busca hacer daño al hijo a través de la mujer (Hch 9:4).

Pero Dios pondrá a salvo a la mujer: «Y se le dieron a la mujer las dos alas de la gran águila, para que volase de delante de la serpiente al desierto, a su lugar, donde es sustentada».

En primer lugar apreciamos aquí una referencia a una metáfora que ya había sido usada en el pasado en relación al pueblo de Israel cuando fueron sacados de forma milagrosa de la esclavitud en Egipto:

(Ex 19:4) «Vosotros visteis lo que hice a los egipcios, y cómo os tomé sobre alas de águilas, y os he traído a mí.«

Y Dios promete que nuevamente llevará a su pueblo a un lugar seguro donde será cuidado por él durante tres años y medio: «por un tiempo, y tiempos, y la mitad de un tiempo». Esta será exactamente la duración de la segunda parte de la última semana, que como ya hemos visto anteriormente, tiene que ver con la gran tribulación que pasará Israel en el futuro.

Esta huída de los judíos ante las fuerzas de Satanás no es nada nuevo. En el sermón profético del Señor Jesucristo describió una situación similar. El dijo lo siguiente:

(Mt 24:15-22) «Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel (el que lee, entienda), entonces los que estén en Judea, huyan a los montes. El que esté en la azotea, no descienda para tomar algo de su casa; y el que esté en el campo, no vuelva atrás para tomar su capa. Mas ¡ay de las que estén encintas, y de las que críen en aquellos días! Orad, pues, que vuestra huida no sea en invierno ni en día de reposo; porque habrá entonces gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá. Y si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo; mas por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados.«

Ellos deberían estar listos para huir cuando vieran «en el lugar santo la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel». Esto tendrá que ver con el momento cuando el anticristo se siente en el templo de Dios haciéndose pasar por Dios.

En ese tiempo Dios intervendrá de forma sobrenatural para sustentar a su pueblo. Ya lo hizo con sus antepasados en el desierto cuando les dio el maná durante cuarenta años (Ex 16:35). Del mismo modo cuidó al profeta Elías cuando estuvo en el arroyo de Querit (1 R 17:1-6).

Pero cuando Satanás se percata de que la mujer está escapando de su alcance, arroja tras ella agua como un la de un río con el fin de destruirla: «Y la serpiente arrojó de su boca, tras la mujer, agua como un río, para que fuese arrastrada por el río. Pero la tierra ayudó a la mujer, pues la tierra abrió su boca y tragó el río que el dragón había echado de su boca».

Tal vez podemos relacionarlo con lo que le ocurrió al pueblo de Israel cuando salió de Egipto. Entonces también se encontraron en un momento muy delicado porque llegaron a estar atrapados entre el ejército egipcio y el mar, pero Dios intervino para que las aguas del mar se abrieran y pudieran pasar. Ahora en Apocalipsis la referencia puede referirse a aguas literales, pero quizá debe entenderse como un símbolo de los ejércitos o las fuerzas del mal enviadas por el anticristo contra ellos. Por ejemplo, se usa de esa forma metafórica para referirse al ejército de Egipto (Jer 46:7-8), al ejército babilonio (Jer 47:2-3), o al rey de Asiria (Is 8:7-8).

Ante este nuevo fracaso, «el dragón se llenó de ira contra la mujer; y se fue a hacer guerra contra el resto de la descendencia de ella, los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo».

Satanás aparece nuevamente encolerizado, pero en esta ocasión dirige su furia contra un nuevo objetivo: «el resto de la descendencia de ella». Podríamos pensar que se refiere al remanente fiel de Israel, a los ciento cuarenta y cuatro mil, pero seguramente sea más acertado identificarlo con todos aquellos que invocan el nombre del Señor Jesucristo. Fijémonos cómo son descritos: «los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo».

La expresión «se fue a hacer guerra contra ellos», sugiere la enemistad de Satanás contra todos aquellos que obedecen a Dios. No soporta a aquellos que mantienen el testimonio de Cristo en medio del mundo. Implica también que habrá un grupo de creyentes que no serán protegidos junto a la mujer. Y en cuanto a la forma en la que les hace guerra podemos pensar en la persecución que será descrita en el próximo capítulo, cuando los creyentes sean privados de la posibilidad de comprar y vender si no tienen la marca de la bestia (Ap 13:16-17).

Fuente: https://www.escuelabiblica.com/estudios-biblicos-1.php?id=425